Cuando hablamos de tenencia, es totalmente comprensible que el término genere cierta incomodidad. Suena más a un trámite sobre un objeto o una propiedad que a la relación con un hijo. Y esa sensación no es casual. Históricamente, el derecho utilizó este concepto para definir con quién vivía el niño, pero hoy tanto el derecho de familia moderno como la psicología infantil avanzan hacia un lenguaje mucho más humano.
Este cambio no es solo semántico. Implica una transformación profunda: dejar de ver a los hijos como algo que se “tiene” para reconocerlos como personas con derechos propios, cuyo bienestar debe estar en el centro de cualquier decisión.
¿Qué es la tenencia y cómo funciona?
En términos legales tradicionales, la tenencia determina con cuál de los progenitores convivirá el niño de forma principal. Esto suele definirse:
- Por acuerdo entre los padres.
- O, en caso de conflicto, por decisión judicial.
El juez analiza distintos factores: el vínculo con cada progenitor, la estabilidad del entorno, la disponibilidad de cuidado, y especialmente el interés superior del niño, que es el criterio rector en este tipo de procesos.
Sin embargo, aunque el término sigue utilizándose en la práctica, su enfoque resulta limitado frente a las necesidades reales de los niños.
Del concepto de “propiedad” al de responsabilidad
Tradicionalmente, la tenencia podía interpretarse como una especie de “atribución” del hijo a uno de los padres. Hoy esa mirada está quedando atrás.
Los niños no son posesiones. Son sujetos de derecho, y esto cambia completamente la forma de entender los vínculos familiares.
1. La corresponsabilidad en la crianza
El concepto más adecuado en la actualidad es el de corresponsabilidad parental.
Esto implica que:
- Ambos padres siguen siendo responsables, vivan juntos o no.
- El foco no está en el derecho de los adultos, sino en el derecho del niño a mantener el vínculo con ambos.
- La crianza incluye mucho más que convivir: decisiones médicas, educación, acompañamiento emocional y presencia cotidiana.
No se trata de “visitar” a un hijo, sino de participar activamente en su vida.
2. El cuidado personal
Muchas legislaciones modernas han comenzado a sustituir la palabra “tenencia” por cuidado personal.
Este concepto pone el foco en:
- Quién brinda el cuidado diario.
- Cómo se organiza la vida del niño.
- Qué modalidad es más beneficiosa para su desarrollo.
El cuidado personal puede ser:
- Unilateral: cuando el niño convive principalmente con uno de los progenitores.
- Compartido: cuando ambos padres asumen de forma equilibrada el cuidado cotidiano.
El modelo compartido es, siempre que sea posible, el que mejor refleja la idea de crianza en equipo.
3. El interés superior del niño
Todo proceso de tenencia (o cuidado personal) debe estar guiado por un principio fundamental: el interés superior del niño.
Esto significa que:
- No se decide en función de quién “gana” o “pierde”.
- Se analiza qué necesita ese niño en particular.
- Se prioriza su estabilidad emocional, su desarrollo y sus vínculos afectivos.
Hablar de “tener” a un hijo pone el foco en el adulto.
Hablar de coparentalidad lo pone donde debe estar: en el niño.
¿Por qué evitar la palabra “tenencia”?
El lenguaje no es neutro. Moldea la forma en que entendemos los conflictos.
Hablar de “tenencia” puede generar problemas porque:
- Deshumaniza: parece referirse a un objeto.
- Fomenta el conflicto: instala una lógica de disputa.
- Reduce el vínculo: se enfoca en lo físico y no en lo emocional.
En cambio, términos como:
- Corresponsabilidad parental
- Cuidado personal compartido
- Plan de parentalidad
permiten construir soluciones más sanas y sostenibles.
Un plan de parentalidad, por ejemplo, organiza aspectos concretos como:
- Días de convivencia
- Vacaciones
- Educación
- Salud
- Comunicación entre los padres
Y lo hace desde una lógica de cooperación, no de enfrentamiento.
Conclusión
La “tenencia” sigue siendo una palabra presente en el lenguaje jurídico, pero cada vez resulta más insuficiente para describir lo que verdaderamente está en juego: la vida, el desarrollo y el bienestar de un niño.
El cambio de enfoque es claro. Ya no se trata de definir quién “tiene” al hijo, sino de cómo ambos padres pueden ejercer su rol de manera responsable y equilibrada.
Adoptar conceptos como corresponsabilidad, cuidado personal y coparentalidad no solo mejora la calidad de las decisiones legales, sino que también reduce conflictos y protege lo más importante: el derecho del niño a crecer con amor, estabilidad y presencia activa de ambos progenitores.