Te llamaron por una deuda de hace más de 10 años. ¿qué hacés?
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Cuando hablamos de tenencia, es totalmente comprensible que el término genere cierta incomodidad. Suena más a un trámite sobre un objeto o una propiedad que a la relación con un hijo. Y esa sensación no es casual. Históricamente, el derecho utilizó este concepto para definir con quién vivía el niño, pero hoy tanto el derecho de familia moderno como la psicología infantil avanzan hacia un lenguaje mucho más humano.
Este cambio no es solo semántico. Implica una transformación profunda: dejar de ver a los hijos como algo que se “tiene” para reconocerlos como personas con derechos propios, cuyo bienestar debe estar en el centro de cualquier decisión.
En términos legales tradicionales, la tenencia determina con cuál de los progenitores convivirá el niño de forma principal. Esto suele definirse:
El juez analiza distintos factores: el vínculo con cada progenitor, la estabilidad del entorno, la disponibilidad de cuidado, y especialmente el interés superior del niño, que es el criterio rector en este tipo de procesos.
Sin embargo, aunque el término sigue utilizándose en la práctica, su enfoque resulta limitado frente a las necesidades reales de los niños.
Tradicionalmente, la tenencia podía interpretarse como una especie de “atribución” del hijo a uno de los padres. Hoy esa mirada está quedando atrás.
Los niños no son posesiones. Son sujetos de derecho, y esto cambia completamente la forma de entender los vínculos familiares.
El concepto más adecuado en la actualidad es el de corresponsabilidad parental.
Esto implica que:
No se trata de “visitar” a un hijo, sino de participar activamente en su vida.
Muchas legislaciones modernas han comenzado a sustituir la palabra “tenencia” por cuidado personal.
Este concepto pone el foco en:
El cuidado personal puede ser:
El modelo compartido es, siempre que sea posible, el que mejor refleja la idea de crianza en equipo.
Todo proceso de tenencia (o cuidado personal) debe estar guiado por un principio fundamental: el interés superior del niño.
Esto significa que:
Hablar de “tener” a un hijo pone el foco en el adulto.
Hablar de coparentalidad lo pone donde debe estar: en el niño.
El lenguaje no es neutro. Moldea la forma en que entendemos los conflictos.
Hablar de “tenencia” puede generar problemas porque:
En cambio, términos como:
permiten construir soluciones más sanas y sostenibles.
Un plan de parentalidad, por ejemplo, organiza aspectos concretos como:
Y lo hace desde una lógica de cooperación, no de enfrentamiento.
La “tenencia” sigue siendo una palabra presente en el lenguaje jurídico, pero cada vez resulta más insuficiente para describir lo que verdaderamente está en juego: la vida, el desarrollo y el bienestar de un niño.
El cambio de enfoque es claro. Ya no se trata de definir quién “tiene” al hijo, sino de cómo ambos padres pueden ejercer su rol de manera responsable y equilibrada.
Adoptar conceptos como corresponsabilidad, cuidado personal y coparentalidad no solo mejora la calidad de las decisiones legales, sino que también reduce conflictos y protege lo más importante: el derecho del niño a crecer con amor, estabilidad y presencia activa de ambos progenitores.
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