Nuevo régimen de divorcio por sola voluntad
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En el ejercicio de la abogacía, el tiempo no solo es oro: es estructura, es claridad mental, es la base sobre la que construimos cada una de nuestras estrategias. Sin embargo, muchas veces caemos —casi sin darnos cuenta— en una lógica de inmediatez que va en contra de la naturaleza misma de nuestro trabajo.
Nos pasa a muchos: clientes que escriben fuera del horario acordado, mensajes que llegan a medianoche con la expectativa de una respuesta inmediata, llamadas que interrumpen reuniones, audiencias o incluso momentos personales. Todo esto, sumado a los plazos judiciales, audiencias, escritos y gestiones que llenan nuestra jornada. ¿El resultado? Agenda desbordada, agotamiento, y una sensación de que siempre estamos corriendo detrás de lo urgente, mientras lo importante se sigue postergando.
Establecer prioridades, organizar la agenda y respetar nuestros tiempos no es un lujo. Es una necesidad. Es lo que nos permite ser mejores abogados y también mejores personas.
Cuando dejamos que cualquiera marque nuestra agenda, lo que en realidad estamos haciendo es ceder el control de nuestra práctica profesional. Y eso no solo nos afecta a nosotros, sino también a nuestros clientes. Porque una atención desorganizada, fragmentada y sin tiempo para el análisis, rara vez puede ser efectiva.
• Acordar claramente los canales y horarios de comunicación.
• Reservar tiempos específicos para cada caso, en lugar de atender todo de forma improvisada.
• Evitar responder en automático, especialmente fuera del horario laboral.
• Y sobre todo: respetar nuestro propio tiempo como una forma de cuidar nuestro trabajo.
Esto no significa ser rígidos o desinteresados. Al contrario. Significa tener una estructura que nos permita estar verdaderamente presentes cuando atendemos a cada persona. Significa poder pensar, estudiar, redactar, acompañar… sin la presión constante de estar “respondiendo mensajes”.
Como abogados, tenemos la obligación ética y profesional de brindar una atención de calidad. Y eso empieza por tener tiempos ordenados, por decidir qué se atiende primero, y por comunicar con claridad cómo trabajamos.
Decir “esto lo veo mañana”, “te respondo en horario laboral” o “hoy no puedo reunirme” no es falta de compromiso. Es una forma de ejercer la profesión con respeto hacia uno mismo, hacia el trabajo, y hacia cada cliente.
Porque cuando priorizamos nuestros tiempos, lo que estamos haciendo —en definitiva— es priorizar la calidad de nuestro servicio.
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